jueves, setiembre 20, 2007

Sinceridad

Detesto, como a las puertas de la muerte, al hombre que dice una cosa, ¡pero esconde otra en su corazón! (Aquiles en la Iliada de Homero)

Si consideramos que la Iliada fue escrita alrededor del siglo VIII antes de Cristo, nos daremos cuenta que la sinceridad es apreciada desde tiempos antiguos y que la hipocresía no es invento de nuestros días.

En la antigua Roma, los alfareros hacían su mejor esfuerzo por imitar la alta calidad de sus contrapartes griegos, pero no podían lograrlo debido a que utilizaban materiales de inferior calidad. Al hornearse, muchas de las vasijas se agrietaban. Los alfareros romanos, en vez de desechar tales vasijas, rellenaban las grietas con cera y las pintaban. Las vasijas defectuosas se hacían así pasar por alfarería de calidad y los clientes las compraban sin sospechar. Cuando las vasijas se ponían al fuego, sin embargo, la cera se derretía y quedaba al descubierto la mala calidad del trabajo. Como consecuencia, los vendedores de vasijas comenzaron a utilizar la expresión sin cere (“sin cera” en latín) para distinguir a las vasijas de calidad de las defectuosas.

Según el diccionario, la palabra sinceridad tiene tres acepciones, que más que independientes, son complementarias: 1. Franqueza de mente e intención. 2. Libre de simulacro o hipocresía. 3. Autenticidad.

¿Ha notado que existen personas que parecen haberse olvidado de nosotros, pero que un buen día nos visitan o nos llaman sólo para “saludarnos”? Luego de unos momentos de charla ocasional terminamos por descubrir que además de “saludar,” necesitaban dinero, deseaban vender, o requerían algo especial de nosotros. Independientemente de cómo haya terminado la conversación, nos quedamos con un sentimiento de molestia por la falta de franqueza de dichas personas.

Sinceridad es dirigirse al punto central para expresar claramente la esencia del asunto, sin argumentaciones manipuladoras o chapuceras, evitando los rodeos y el exceso de palabras que pretenden convencer por cantidad. Ahora bien, el hablar sinceramente no es una cuestión meramente de reducción de palabras en una conversación, sino de promover una comunicación clara y asertiva. Tampoco debemos confundir franqueza con crueldad o crudeza. Podríamos, por ejemplo, usar eufemismos para situaciones delicadas. Un eufemismo es una manera de expresar con tacto un pensamiento incómodo. Algunos dicen de quien falleció: “ya está descansando.” Una expresión así muestra sensibilidad, lo cual es un balance adecuado para la sinceridad.

La sinceridad también debe ser balanceada con la deferencia. La deferencia es “limitar nuestra libertad con el fin de no ofender los sentidos de quienes nos rodean.” En vez de hacer que nuestras opiniones sean una fuente de irritación innecesaria para los demás, debemos ser concientes de cómo expresamos nuestros puntos de vista en relación a los de los demás. La deferencia no es renunciar a la verdad, ni utilizar mentiras “blancas”, sino ir hasta donde uno pueda para vivir en paz con los que nos rodean.

¿Cuándo fue la última vez que compró un producto que no resultó ser lo que decía la propaganda? ¿Cómo se sintió? Cuando no somos sinceros, somos culpables de lo mismo: Levantamos una expectativa falsa, una apariencia exterior atractiva de una situación, producto o hecho, negativos. Sinceridad es usar las palabras precisas para exponer el todo (visible u oculto) de lo que deseamos decir o promover.

Sinceridad, también es practicar lo que se predica. Tanto en el hogar, como en el vecindario o en el trabajo, la sinceridad es ser fiel a actuar según lo que hablamos y vivirla constantemente en todas las esferas de la vida. Nada exhibe los motivos insinceros en forma tan clara como el decir una cosa y hacer otra. Por ejemplo, si estamos tratando de aconsejar a nuestro hijo adolescente sobre los riesgos del alcohol y llegamos con copas en exceso al hogar, estamos negando la validez de nuestros dichos.

Julio César fue muy brillante en muchas áreas de su vida: administrador, estadista, militar, etc., pero también tenía muchas ambiciones y carecía de escrúpulos a la hora de elegir cómo lograr promociones. Por ejemplo se casó por conexiones políticas y se divorció cuando nuevas familias llegaron al poder. Hizo muchas alianzas, pero muchas fueron insinceras. Al final los métodos engañosos de Julio César fueron usados contra él, pues murió acuchillado entre conocidos y “amigos.”

Quizás si Julio César hubiera sido auténtico, sincero, toda su vida, hubiera podido sentirse ultrajado por la traición de que fue objeto. El ir por la vida con una máscara tiene el inconveniente de que la gente se relaciona con la máscara y desconoce a la persona que la porta. Cuando no somos sinceros, es lo que ocurre: nos quedamos en soledad o peor aún, somos traicionados, porque la gente a nuestro alrededor jamás se relacionó con nuestro verdadero yo.

Tal vez no tengamos la respuesta a todas las interrogantes, a todos los conflictos, a todos los problemas, pero como bien lo expresa Eliú, el amigo de Job, debemos ser siempre sinceros: Mis razones declararán la rectitud de mi corazón, y lo que saben mis labios, lo hablarán con sinceridad (Job 33:3)

Sinceridad, a final de cuentas, es revelar con palabras y obras lo que hay en el corazón.

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