“No temas, pues en memoria de tu padre Jonatán he decidido beneficiarte. Voy a devolverte todas las tierras que pertenecían a tu abuelo Saúl, y de ahora en adelante te sentarás a mi mesa.” Mefiboset se inclinó y dijo: “¿Y quién es este siervo suyo, para que Su Majestad se fije en él? ¡Si no valgo más que un perro muerto!” (2 Samuel 9:7-8)
Quizás mucha gente con auto-compasión pueda sentirse identificada con Mefiboset, no por su nombre, que ya sería motivo para sentirse mal, sino por la tragedia que había sido su vida hasta el momento de la conversación anterior. Recordemos que Mefiboset nació en cuna real, fue hijo de un príncipe: Jonatán, el hijo del rey Saúl. El problema es que él apenas disfrutó los lujos que la familia de un monarca normalmente posee. Cuando sólo tenía cinco años, fallecieron tanto el rey, como su padre, el príncipe Jonatán. Al saberse la noticia, su nana, en las prisas, lo dejó caer (considerando que los niños de cinco años son muy flexibles, debe haber sido un verdadero porrazo) y quedó cojo desde entonces.
Por otra parte, Jonatán hijo de Saúl tenía un hijo de cinco años, llamado Mefiboset, que estaba tullido. Resulta que cuando de Jezrel llegó la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán, su nodriza lo cargó para huir pero, con el apuro, se le cayó y por eso quedó cojo. (2 Samuel 4:4)
¿Podemos imaginarnos su vida? Huyendo porque su familia había caído en la desgracia, dependiendo físicamente de otros por su discapacidad, rencoroso tal vez, porque el accidente no había sido su culpa, amargado quizás porque hubiera podido haber un principado, o incluso un reino en su futuro… Así podemos comprender su lenguaje ante el Rey David: “¡Si no valgo más que un perro muerto!”
Cierto que la mayoría no nacemos en familia real, si bien nos va en una familia normal, que sin embargo, se desintegra: los padres se divorcian o se la pasan peleando, alguien se encarga de “tullirnos” emocionalmente con abusos físicos o verbales, o simplemente por “descuido,” luego nos la pasamos huyendo de la realidad, dependiendo del poco cariño que algún alma caritativa arroje hacia nosotros… No es raro entonces que cuando alguien nos habla de Dios exclamemos: “¿Y quién soy yo para que Dios se fije en mí?”
Lo que pasa es que no estamos escuchando atentamente. David dijo: “en memoria de tu padre Jonatán he decidido beneficiarte…” ¡Oh! Pero nosotros no somos de cuna real, ya lo aclaramos. Nuestra familia quizás fue normal algún día, pero de real, nada, lo más cercano fue quizás alguna tatarabuela que sirvió en la cocina de cierta duquesa. No tenemos forma de que alguien nos quiera beneficiar en memoria de algún pariente. ¿O sí?
¿Qué “nos” diría Dios, en lugar del Rey David?: “No temas, pues en memoria de mi hijo Jesucristo he decidido beneficiarte.” Ahí está la clave. Después de todo, sí podemos tener “derechos de sangre,” podemos pertenecer a la familia de Jesús… ¡Podemos ser los hijos adoptivos de un rey! Sólo necesitamos aceptarle como nuestro Señor y Salvador y podremos sentarnos a la mesa del Rey de Reyes.
Es importante considerar la otra parte de la historia de Mefiboset, la parte que él no presenció (y por lo mismo no podía entender que el rey David deseara beneficiarlo), aquella en que David y Jonatán fueron amigos cercanos. Asimismo, si consideramos la parte en que Jesucristo abogó por nosotros ante su padre, comprenderemos por qué valemos más, mucho más, que un perro muerto.
"Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones."
Jeremías 1:5
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miércoles, marzo 18, 2009
miércoles, noviembre 08, 2006
Misericordia
De acuerdo al Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, la misericordia es el aspecto compasivo del amor hacia el ser que está en desgracia o que por su condición espiritual no merece ningún favor. ¿Quiénes son esos seres en desgracia? De hecho todos estuvimos en dicha condición alguna vez y aún existen muchas personas que no han encontrado a Dios. ¿Existe mayor desgracia?
La buena noticia es que la Biblia destaca la misericordia de Dios como una disposición suya que beneficia al hombre pecador y claramente estipula que tenemos salvación por su misericordia. Veamos lo que dice Efesios 2:1-5:
1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).
No mereceríamos la más mínima compasión por todo lo que hicimos en nuestra vida antes de conocer a Jesús, pero no por nada se le llama a Dios “Padre de misericordia” (2 Cor 1:3). ¿Quién más sería capaz de acercarse a un mentiroso, borracho, ratero, tramposo, estafador, adúltero, fornicario, violador o asesino (la lista podría ser más larga, pero creo que el punto queda establecido con estos ejemplos) y con amor sincero perdonarlo y limpiar su corazón? Es algo que tiende a quedar fuera de la fuerza humana.
Seamos sinceros, cuando escuchamos historias de terror alrededor de secuestros, violaciones o asesinatos, nuestra primera reacción (carnal e influenciada por películas o series de televisión) tiende a ser de maldecir a los delincuentes, de clamar por una justicia que los encierre y castigue. Los sentimientos de venganza tienden a ser más frecuentes que los de la misericordia. Tendemos a orar por la víctima, no por el victimario. Sin embargo a los ojos de Dios, ambos son destinatarios de su misericordia. Él es el “Dios de toda consolación.”
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, 4 el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. (2 Cor 1:3-4)
Notemos, de acuerdo al versículo 4, que la misericordia no es exclusiva de Dios. Nosotros también podemos mostrarla a aquellos que están en problemas. En su ministerio público Jesús mostró misericordia para con los enfermos, los necesitados y los desprovistos de atención espiritual:
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. (Mat 9:35)
Como seguidores de Jesús, no sólo podemos, sino debemos mostrar misericordia. Aunque la anterior es una aseveración a la que pocos se atreverían a refutar, debemos meditar con cuidado todas sus implicaciones y evitar que se quede en lo abstracto. Igual que el discurso de Jesús acerca de que no existe mérito en amar a quienes nos aman, consideremos algunos casos difíciles: ¿Cómo mostrar misericordia al yerno borracho que no sólo anda con prostitutas, sino que además golpea a nuestra hija? ¿Cómo acercarse al vagabundo afectado de su capacidad mental que tiene claramente meses sin usar un jabón? ¿Cómo hallar tiempo para ir a visitar a la anciana enferma encerrada no sólo en su casa, sino en su propia amargura? ¿Cómo encontrar valor para dirigirse al joven pandillero que vende droga a los jóvenes del rumbo?
¿Cómo hacerlo cuando escatimamos el número de visitas a nuestros padres y abuelos? ¿Cómo hacerlo cuando, como padres, ni siquiera atendemos los eventos deportivos o culturales en las escuelas de nuestros hijos, cuando hemos dejado de jugar con ellos y en compensación les entregamos un control remoto? ¿Cómo hacerlo cuando nuestros hermanos o parientes políticos se hunden en problemas económicos y sólo les expresamos que debieran haber puesto más cuidado en su economía? (De nuevo, la lista se queda corta, añada por favor su caso particular).
La misericordia es sólo un bello concepto si no somos capaces de hacer algo práctico y real por alguien. M. Lunn escribió un poema inspirado en Mateo 25:31-46. Mientras lo lee con detenimiento, por favor reflexione que existe mucha gente en necesidad de consolación.
Estuve hambriento
y tú formaste un club de valores humanos
y discutiste mi hambre.
Gracias.
Estuve preso
y tú te escurriste calladamente
a tu capilla en el sótano
a orar por mi libertad.
Estuve desnudo
y en tu mente
debatiste la moralidad de mi
apariencia.
Estuve enfermo
y tú te arrodillaste y agradeciste a Dios
por tu salud.
Estuve sin hogar
y tú me predicaste
del refugio espiritual del
amor de Dios.
Estuve sólo
y tú me dejaste sólo
para ir a orar por mi.
Tú pareces tan santo
tan cerca de Dios.
Pero yo sigo hambriento
y sólo
y con frío.
Entonces, ¿adónde han ido tus oraciones?
¿Qué han hecho ellas?
¿De qué sirve a un hombre hojear
su libro de oraciones cuando el resto del mundo
clama por ayuda?
No olvidemos que la misericordia es una gracia que todos debemos imitar.
La buena noticia es que la Biblia destaca la misericordia de Dios como una disposición suya que beneficia al hombre pecador y claramente estipula que tenemos salvación por su misericordia. Veamos lo que dice Efesios 2:1-5:
1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).
No mereceríamos la más mínima compasión por todo lo que hicimos en nuestra vida antes de conocer a Jesús, pero no por nada se le llama a Dios “Padre de misericordia” (2 Cor 1:3). ¿Quién más sería capaz de acercarse a un mentiroso, borracho, ratero, tramposo, estafador, adúltero, fornicario, violador o asesino (la lista podría ser más larga, pero creo que el punto queda establecido con estos ejemplos) y con amor sincero perdonarlo y limpiar su corazón? Es algo que tiende a quedar fuera de la fuerza humana.
Seamos sinceros, cuando escuchamos historias de terror alrededor de secuestros, violaciones o asesinatos, nuestra primera reacción (carnal e influenciada por películas o series de televisión) tiende a ser de maldecir a los delincuentes, de clamar por una justicia que los encierre y castigue. Los sentimientos de venganza tienden a ser más frecuentes que los de la misericordia. Tendemos a orar por la víctima, no por el victimario. Sin embargo a los ojos de Dios, ambos son destinatarios de su misericordia. Él es el “Dios de toda consolación.”
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, 4 el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. (2 Cor 1:3-4)
Notemos, de acuerdo al versículo 4, que la misericordia no es exclusiva de Dios. Nosotros también podemos mostrarla a aquellos que están en problemas. En su ministerio público Jesús mostró misericordia para con los enfermos, los necesitados y los desprovistos de atención espiritual:
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. (Mat 9:35)
Como seguidores de Jesús, no sólo podemos, sino debemos mostrar misericordia. Aunque la anterior es una aseveración a la que pocos se atreverían a refutar, debemos meditar con cuidado todas sus implicaciones y evitar que se quede en lo abstracto. Igual que el discurso de Jesús acerca de que no existe mérito en amar a quienes nos aman, consideremos algunos casos difíciles: ¿Cómo mostrar misericordia al yerno borracho que no sólo anda con prostitutas, sino que además golpea a nuestra hija? ¿Cómo acercarse al vagabundo afectado de su capacidad mental que tiene claramente meses sin usar un jabón? ¿Cómo hallar tiempo para ir a visitar a la anciana enferma encerrada no sólo en su casa, sino en su propia amargura? ¿Cómo encontrar valor para dirigirse al joven pandillero que vende droga a los jóvenes del rumbo?
¿Cómo hacerlo cuando escatimamos el número de visitas a nuestros padres y abuelos? ¿Cómo hacerlo cuando, como padres, ni siquiera atendemos los eventos deportivos o culturales en las escuelas de nuestros hijos, cuando hemos dejado de jugar con ellos y en compensación les entregamos un control remoto? ¿Cómo hacerlo cuando nuestros hermanos o parientes políticos se hunden en problemas económicos y sólo les expresamos que debieran haber puesto más cuidado en su economía? (De nuevo, la lista se queda corta, añada por favor su caso particular).
La misericordia es sólo un bello concepto si no somos capaces de hacer algo práctico y real por alguien. M. Lunn escribió un poema inspirado en Mateo 25:31-46. Mientras lo lee con detenimiento, por favor reflexione que existe mucha gente en necesidad de consolación.
Estuve hambriento
y tú formaste un club de valores humanos
y discutiste mi hambre.
Gracias.
Estuve preso
y tú te escurriste calladamente
a tu capilla en el sótano
a orar por mi libertad.
Estuve desnudo
y en tu mente
debatiste la moralidad de mi
apariencia.
Estuve enfermo
y tú te arrodillaste y agradeciste a Dios
por tu salud.
Estuve sin hogar
y tú me predicaste
del refugio espiritual del
amor de Dios.
Estuve sólo
y tú me dejaste sólo
para ir a orar por mi.
Tú pareces tan santo
tan cerca de Dios.
Pero yo sigo hambriento
y sólo
y con frío.
Entonces, ¿adónde han ido tus oraciones?
¿Qué han hecho ellas?
¿De qué sirve a un hombre hojear
su libro de oraciones cuando el resto del mundo
clama por ayuda?
No olvidemos que la misericordia es una gracia que todos debemos imitar.
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