viernes, diciembre 10, 2010

Terapia para Esposos Golpeadores

La Noticia:
El Consejo Estatal de la Mujer comenzó a operar los primeros dos grupos terapéuticos y de apoyo mutuo para “hombres golpeadores”, como una nueva estrategia para frenar el fenómeno de la violencia doméstica que afecta a casi el 70% de los hogares mexiquenses, de acuerdo con cifras del INEGI… La directora del organismo, Lorena Cruz Sánchez, señaló que esta medida busca revertir los efectos que ha tenido la violencia en la vida y las familias de hombres que debido a su forma de ser han terminando perdiendo sus hogares o sus seres queridos… La especialista mexiquense señaló también que estos varones decidieron ponerse en tratamiento al ver que su forma agresiva y sus excesos los han llevado al límite y se encuentran en riesgo de perder, o ya perdieron, sus familias… “Son hombres que solo están replicando modelos que aprendieron, y en las terapias les enseñamos precisamente a desaprender esa forma de ser, además de que intentamos que entiendan que sus hijos pueden replicar esos mismos modelos y terminar igual que ellos”, indicó… (reforma.com)

Comentario:
La época del macho ya acabó (de hecho nunca debió haber comenzado). Cierto que la Biblia señala al varón como la cabeza del hogar, pero jamás lo hizo con el afán de que este abusara de la mujer, o se vanagloriara, o se sintiera superior, sino sólo como se nombra al capitán de un barco, al responsable de un proyecto. El esposo debe tratar a su mujer con cuidado, con delicadeza, con tacto. La Biblia lo estipula así en varias partes: Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas (Colosenses 3:19). Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella (Efesios 5:25). Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo (1 Pedro 3:7).

(Editor: Tengo un chiste muy bueno de esposos abusadores. ¿Lo pongo aquí?)
(Autor: No. Distraes la atención.)

En lugar de aprovecharse de la fragilidad de la mujer, el hombre debe darse cuenta del valor de la esposa. El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová (Proverbios 18:22).

Si no es así, si por alguna razón el varón busca en el matrimonio exclusivamente la satisfacción de sus necesidades, aún a costa de conseguirlo por la fuerza, ignorando las de su mujer, existirán consecuencias que van de lo terrenal a lo eterno. No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna (Gálatas 6:7-8).

(Editor: ¿Qué tal aquí?)
(Autor: No.)

Por principio de cuentas, los hijos replicarán una conducta indeseable, contraria no sólo a los principios cristianos, sino a los de una convivencia social pacífica. En segundo término, las esposas se irán del hogar pues no tienen por qué soportar golpes y malos tratos. Es importante recalcar que el abuso verbal puede ser tan dañino para una esposa como el físico. Antes de decidir que este artículo no es para usted, considere si no es de los que golpean con la lengua. La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos (Proverbios 18:21).

Así que todo hombre que abusa de la mujer, debe buscar ponerle fin a esa situación antes de que sea irremediable perder a su esposa y dañar a sus hijos. En ese sentido no está mal lo que hace el Consejo Estatal de la Mujer. Las terapias son un paso en la dirección correcta. Sin embargo, la mejor terapia de todas es el Evangelio. La capacidad de cambio muchas veces está más allá de la capacidad humana. En asuntos tan delicados como la relación de pareja, sólo la ayuda de Jesucristo garantiza resultados.

(Editor: Este es buen momento. ¿No?)
(Autor: No.)

Lo que dice la Biblia:
Que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor (1Timoteo 4:4).

Después de todo, el juramento del matrimonio se hizo ante Dios, no ante un sacerdote, una iglesia, o ante las familias. ¡Ante Dios! Sigamos entonces sus consejos.

(Editor: ¿Supongo que ahora sí?)
(Autor: Bueno, pero cuidado que no sea vulgar.)
(Editor: ¿Cuándo te he fallado? Aquí está.
Se trata de un hombre que quiso ser mujer. Le parecía injusto tener que salir a trabajar mientras su esposa se quedaba en casa. ¿Cómo era posible, decía en su frustración, que él afrontara cada día las fatigas de su empleo, en tanto que ella permanecía muy quitada de la pena en el cálido abrigo del hogar, tomando cafecito, charlando con sus amigas por teléfono y disfrutando la compañía de los hijos? Así, una noche este hombre se puso de rodillas y le pidió a Dios que cambiara los papeles: que convirtiera a su esposa en el hombre de la casa, y a él lo transformara en la mujer.
Eso de pedir milagros tiene sus peligros: se pueden conceder. Dios escuchó el insólito ruego del sujeto, y accedió a su petición. Lo convirtió en mujer; y a su esposa la volvió hombre.
Él se dispuso, feliz, a disfrutar las delicias de la casa. Pero al despertar hecho mujer tuvo que levantarse a preparar el desayuno de su esposo, que seguía durmiendo plácidamente. Luego debió despertar a los niños, y ayudarlos a vestirse, y prepararles el lonche de la escuela. Le sirvió el desayuno a su marido, y escuchó la queja diaria: "Siempre lo mismo". Cuando el hombre se fue, tuvo que lavar los platos, tender las camas, recoger la ropa de su esposo y sus hijos, tirada por el piso en todas partes, echarla a la lavadora; y luego aspirar los pisos, lavar las ventanas y sacar la basura. Se iba a tomar un cafecito, pero pensó en todo lo que tenía que hacer, y después de bañarse, vestirse y arreglarse apresuradamente salió a la calle, no sin antes dejar ya hecha la comida. Fue al banco; a la tintorería; a pagar los recibos del agua, el teléfono y la luz. También fue al súper a surtir la despensa. Cuando se dio cuenta, había llegado la hora de recoger a los niños en la escuela. Les dio de comer, los organizó para que hicieran la tarea, y luego de comer ella, mal y de prisa, los llevó a sus clases: de karate, de inglés, de danza. Luego volvió a la casa, y se puso a planchar y a disponer la cena. Regresó su marido, malhumorado como siempre, y tuvo que oír sus quejas sobre el trabajo, el tránsito en las calles, los niños, todo. Supervisó el baño de los hijos; les dio de cenar junto al marido; luego los acostó después de obligarlos casi por fuerza a dejar sus juegos electrónicos. Mientras tanto su esposo veía plácidamente en la tele un partido de futbol, al tiempo que se tomaba una cerveza, y otra, y otra. Eran las diez ya de la noche cuando preparó la ropa de los niños y el marido para el día siguiente. Después, muerta de fatiga, se acostó a dormir. Pero apenas había cerrado los ojos cuando entró él en la recámara. Se desvistió, y se acercó a ella. Animado por las copiosas libaciones traía obvios deseos conyugales. La mujer estaba muerta de cansancio, pero hubo de avenirse a la demanda del marido. Al día siguiente, cuando se vio sola en la casa, se puso de rodillas, y con inmensa devoción se dirigió al Señor: “¡Dios mío! ¡Estaba equivocado! Las tareas de la mujer en la casa son más fatigosas que cualquier trabajo de hombre. ¡Perdona mi error, te lo suplico! ¡Haz que vuelva yo a ser hombre, y que mi esposa vuelva a ser mujer!” “Hijo mío -le respondió el Señor-. Me alegra ver que has aprendido tu lección. Espero que en adelante aprecies más el esfuerzo y trabajo de tu esposa, su valer y sus méritos. Volveré a convertirte en hombre. Pero tendrás que esperar nueve meses. Anoche quedaste embarazado…”
)

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